DECLARACIÓN
UNIVERSAL DE DERECHOS HUMANOS
Nos
sucede que el mundo –no sólo el mundo- se complica,
se
amarga, se vuelve de repente un niño sin cabeza.
Jaime Sabines
─Hay
años que rompen la continuidad histórica. La prolongan y la proyectan, pero
permanecen como años clave en los que los acontecimientos parecen confabularse
para significar, en el presente, pasado y porvenir−. Dice Carlos Fuentes
cuando se refiere a 1810 y a la dimensión histórica que entraña para América
Latina. La misma trascendencia considera para el año 1848: Europa vive una
segunda parte de la Revolución de 1789. Este
encontronazo entre privilegiados y excluidos dibujará el nuevo rostro de
aquel continente en el marco de la industrialización y las consecuencias,
buenas y malas, que ello entraña.
Bajo ese
mirar histórico abracemos 1948. La Declaración Universal de Derechos Humanos
aprobada por el pleno de la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de
diciembre de aquel año, se convierte en un hito en la historia de la humanidad.
La Declaración también rompió la continuidad histórica porque se convirtió en
referente obligado para los nuevos estándares de convivencia entre gobernantes
y gobernados. Las tragedias y dolores que la II Guerra Mundial trajo no eran
poca cosa como para que la humanidad no estableciera un marco de respeto a las
personas como seres humanos y como ciudadanos, independientemente de raza,
color, nacionalidad, credo religioso, ideología o sexo.
No fue un
proceso rápido y sin tropiezos, pero sí un caminar donde la voluntariosa
humanidad no ha dejado de insistir en el cumplimiento de los logros primarios,
mientras replantea otros espacios imprescindibles para la convivencia
civilizada y para dimensionar la dignidad del ser humano de acuerdo a nuestra
nueva realidad. Con todo, 65 años después de la Declaración, remando contra la
corriente conservadora mundial se han logrado los documentos siguientes: Pacto
internacional de derechos civiles y políticos y el Pacto internacional de
derechos económicos, sociales y culturales; además de la Convención
internacional sobre la eliminación de todas las formas de discriminación
racial, la Convención para la prevención y la sanción del delito de genocidio,
la Convención sobre los derechos del niño, la Convención sobre la eliminación
de todas las formas de discriminación contra la mujer, la Convención contra la
tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes, Convenio para
la represión de la trata de personas y de la explotación de la prostitución
ajena y la Convención y protocolo sobre el estatuto de los refugiados, entre
otros.
No es tiempo
de batir palmas por los logros obtenidos, pues la unidad, la universalidad y
progresividad e imprescriptibilidad de los derechos humanos son puestas en duda
por no pocos Estados, sobre todo en estos últimos años, en los que se ha
profundizado en contrarreformas que lastiman seriamente los derechos laborales,
a la salud, a la alimentación, a la educación y a la vivienda de los
trabajadores y de sus familias. Sin olvidar lo que en materia de seguridad se
ha hecho.
Llama la
atención el Examen periódico universal aplicado a México en el Consejo de
Derechos Humanos en Ginebra el pasado 23 de octubre. Nuestro país acumuló mil
800 quejas ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. De acuerdo al
organismo Artículo 19 entre 2009 y 2012 se lamentaron 36 asesinatos a
periodistas, seis desapariciones, 23 privaciones de libertad y 32 ataques con
armas de fuego a medios. Los defensores de derechos humanos sufrieron 149
agresiones de diferentes tipos y gravedad. Tan solo en 2011 cuatro defensores
fueron asesinados. Para marzo de 2014 se comprometió el Estado mexicano en
ofrecer una respuesta a los cuestionamientos hechos por los países miembros del
Consejo. Esperemos que la respuesta contemple medidas y mecanismos para
encaminar soluciones a esos problemas.
No sabemos
que responderá México, pero sí adelantamos que no será fácil explicar que la
nueva legislación laboral deja indefensos a los trabajadores en la contratación
y en los despidos y que las prestaciones sociales,
sobre todo la pensión jubilatoria es ya un asunto del pasado. Tampoco tendrá
muchos elementos el Estado mexicano para justificar que la educación no será un
derecho de todos y que los pobres irán rezagándose aceleradamente en este
terreno. No creemos que a la comunidad internacional le pase desapercibido
junto al crecimiento de los pobres, el Estado incrementó los presupuestos en
seguridad en lugar de privilegiar el gasto para combatir a la pobreza y la
marginación.
Y mientras se
prepara la respuesta para el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, ¿cómo atender
las urgencias que nos dejan la violencia, el crimen organizado, la crisis
económica y el ciclón Manuel? ¿Ignoramos al millón 200 mil desplazados que hay
en el país ahora, cómo lo hicimos con los 100 mil de Sinaloa durante la
Operación cóndor? No creo recomendable prolongar la situación de abandono que
viven los damnificados de Manuel. Sólo promesas de ayuda y ésta no llega. Una atención
digna para esos sectores vulnerables se impone hoy. El Estado puede tener
limitaciones económicas y de otro tipo, pero la voluntad para ver los asuntos
con filosofía de derechos humanos, es la condición imprescindible en estos
momentos si se quiere mantener la gobernanza. Vale.