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CDDHS 30 AÑOS 1


La realidad de las víctimas sigue estando allí.

Está hecha de sufrimiento, de angustia, de

desesperación.

Javier Sicilia

En medio el dolor y la esperanza abrimos una nueva página en la historia de Sinaloa. Fue el 15 de noviembre de 1983, culminación de meses de trabajo. Los antecedentes eran heroicos. Las Madres con hijos desaparecidos y los jóvenes universitarios dieron cuerpo a un movimiento que reclamó la Amnistía para los presos, perseguidos, exiliados y desaparecidos por motivos políticos. El 1° de septiembre de 1978 esa Amnistía fue realidad, aunque en materia de desapariciones forzadas sólo haya entreabierto la puerta de la solución de todos los casos. Cinco años después constituimos la Comisión de Defensa de los Derechos Humanos en Sinaloa.

La repatriación de los exiliados, la liberación de los presos, el regreso de los perseguidos y de algunos desaparecidos dio un nuevo empuje a la lucha social en México. Pero se abrían también nuevos retos: cómo enfrentar los daños que dejaba la guerra sucia del Estado contra los movimientos sociales y la Operación Cóndor que "diseñada" contra el narcotráfico, dejó una estela de más de 100 mil desplazados en Sinaloa y cerca de dos mil comunidades rurales que desaparecieron del mapa y de los censos de población para siempre.

Por esas razones y en esas circunstancias nos constituimos en Comisión de Defensa de los Derechos Humanos en Sinaloa y empezamos a trabajar en dos grandes frentes: la solidaridad con el movimiento por la presentación de los desaparecidos políticos y la atención de las quejas que presentaban numerosos ciudadanos por lo que consideraban violaciones a sus derechos humanos. En ese grupo constituyente estaban Norma Corona, Jesús Michel Jacobo, David Moreno Lizárraga, Rubén Rocha Moya, Carlos Gilberto Morán Cortés, Manuel Osuna Zataráin, Rafael Cabrera Cortés y Oscar Loza.

Uno de los primeros casos que atendimos fue el de José Antonio Núñez Villarreal, joven albañil que fue detenido por la ilegal policía de la Dirección de gobierno de Sinaloa. Lo acusaban junto a otros tres muchachos de asaltar camiones repartidores de refrescos. No tenían pruebas, pero les sobraba el recurso de la tortura para "investigar". Los golpes no lo hicieron confesar lo que no había cometido, pero obligaron a los policías a llevarlo de emergencia a la Cruz Roja para que fuera atendido de las consecuencias que había dejado la tortura. La benemérita institución no lo quiso recibir por lo grave de su estado y les recomendó llevarlo a un hospital. Semanas estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte en un pabellón del Hospital Civil en 1984.

El caso Núñez Villarreal fue tomado por Amnistía Internacional, que reclamó castigo a los responsables y legislación en materia de tortura. Esta Institución humanitaria puso en manos de la víctima 400 dólares como apoyo para sus curaciones. El gobernador Antonio Toledo Corro encubrió en todo lo que pudo a Roberto Robles Rendón, su funcionario torturador. No pudo evitar el escándalo ni las polémicas en el Congreso del Estado sobre el caso; obligado a dar una respuesta lo hizo renunciar a la Dirección de gobierno, pero le encontró acomodo en la policía judicial. Mientras José Antonio quedaba incapacitado físicamente para ejercer su oficio de albañil y para reproducirse como ser vivo.

La demanda de atención a quejas y peticiones de ciudadanos nos obligó a tener un domicilio. Norma Corona ofreció su despacho para esa labor y para muchas reuniones en el viejo edificio donde aún estamos: en el 475 norte de la avenida Andrade esquina con Ángel Flores, pero en el despacho número cuatro.

Treinta años después, bajo el creciente peso de la responsabilidad de ser pioneros en la defensa de los derechos humanos y de los compromisos establecidos en el acta constitutiva, mantenemos abiertas las puertas de nuestras oficinas. El trabajo ha entrañado todos los peligros y riesgos que una lucha consecuente por los derechos humanos entraña. Hemos padecido la persecución y las amenazas en diferentes momentos sin que ello nos incline a cerrar las oficinas. El dolor más grande que se pueda sufrir en un organismo es la pérdida de un compañero. Y nosotros hemos perdido en estos treinta años a Norma Corona, Jesús Michel y a Jorge Aguirre en pleno trabajo de defensa de los derechos fundamentales. También lamentamos que Carlos Gilberto Morán haya sido asesinado años después de retirarse a la vida privada.

No tenemos recursos para llevar a cabo grandes conmemoraciones. Pero hay un servicio realizado a la sociedad en todos estos años que no puede pasar desapercibido el próximo 15 de noviembre: los trabajos en penitenciarías (de los que somos pioneros en el país), con los jornaleros agrícolas, con los indígenas, con las mujeres, con los jóvenes, con las víctimas, con los desplazados de la violencia, con los migrantes compatriotas en Estados Unidos y con los grupos sociales más vulnerables de la sociedad. Esas hermosas páginas de la historia local y del país estarán presentes ese día y siempre. Ellas fueron motivo y causa de un movimiento humanitario y son ahora (como el primer día) nuestra razón de ser. Vale.