SEGURIDAD EN UN
ESTADO FALLIDO
El
mar se mide por olas,
el
cielo por alas,
nosotros
por lágrimas.
Jaime Sabines
Las noticias de estos días han sido
abrumadoras. Cada una golpea el corazón y la memoria colectiva. Imposible
volver la vista hacia otro lado sin traicionarnos a nosotros mismos. Me refiero
a la muerte violenta de Joan Sebastian de tres
escasos años que fallece el pasado 10 del presente en su casa. Un policía que
perseguía a un presunto delincuente accionó su pistola hiriendo de muerte al
menor.
Sin salir del asombro por la tragedia
del niño, el domingo 13 madruga para arrojarnos sin misericordia otra dolorosa
información: la muerte violenta del joven biólogo Diego Antonio Espinoza Leyva
y de su primo Irak y poco después la desaparición del licenciado Juan Carlos
Castro. Razones no faltan para darle sustento al sentimiento humano que rechaza
estos crímenes y que se pregunta, ¿dónde está la autoridad en momentos como
estos?
Imposible permanecer callado ante la
muerte del menor, ajeno a los intereses y errores de los mayores, mientras
disfrutaba de la paz en su humilde hogar. Imposible el silencio ante el homicidio
de Diego Espinoza, quien fue solidario como pocos junto a su familia con el
movimiento de derechos humanos. Su Grupo Cantores (trova y música de protesta)
siempre estuvo presente en nuestros actos públicos. Imposible frenar las
emociones encontradas al saber de la desaparición de Juan Carlos Castro y el
alto riesgo de que pierda la vida.
Es preocupante la parálisis que va
ganando al Estado, al punto de verse como un buque que hace agua ya por debajo
y por encima de su línea de flotación, ante la mirada perpleja de una
tripulación incapaz de dar una respuesta coherente al problema. Lo afirmo
porque a pesar de otras tragedias causadas por las fuerzas policiales, como la
de Bamoa el 6 de julio del año pasado, en la que
salieron heridos tres niños por las imprudencias de una patrulla del grupo
Elite y uno de ellos quedó postrado en silla de ruedas, a pesar de ello no se
establecen cambios en los reglamentos y prácticas policiacas. Han pesado más
las razones autoritarias que justifican la “mano dura” que los protocolos del
uso de la fuerza por los funcionarios públicos que son policías. Y las
consecuencias lamentables están ahí, frías, irreversibles y dolorosas.
Sobre la muerte de los jóvenes Diego e
Irak, mucho hay que decirle a la autoridad estatal y municipal. Qué bueno que
ya no nos repitieron la socorrida declaración de que “por algo los mataron”.
Seguramente no encontraron expediente alguno con antecedentes administrativos o
penales y no pudieron criminalizar a las víctimas. Hubiera sido mucho cinismo.
Pero ahora, cuando el dolor y el coraje aún se vuelven torniquete en nuestra
lastimada garganta, queremos cuestionar a voz en cuello: ¿dónde ha quedado el
reglamento municipal sobre el funcionamiento de antros? Estos tenían que cerrar
a las 2 de la mañana hasta hace poco, pero los intereses privados pudieron más
y se dio tolerancia de otra hora; aun así, es bien sabido que no pocos centros
nocturnos cierran hasta las 6 am, como
el “Mala noche no” donde fallecieron Diego e Irak.
¿Ya no tenemos autoridad capaz de
controlar los centros nocturnos? A nivel municipal se ve muy claro que las
jefaturas de inspección y vigilancia no tienen la fuerza y presencia necesarias
para imponer autoridad. Muchos desaguisados han trascendido entre los
inspectores y los encargados de los antros, siendo perdedores aquellos. Pero la
autoridad estatal tampoco pinta huella. El control de la venta de alcoholes
está en esa oficina especializada a nivel del estado. ¿Qué ha hecho para evitar
la venta de vinos y cervezas en horas que van más allá de las horas
autorizadas?
Una de las razones de mayor fuerza fue
que se reglamentaba el cierre de los antros a las 2 am, porque los actos de
violencia se presentaban principalmente a partir de esa hora. No creo necesario
escuchar nuevas “razones” de la autoridad paras justificar las ampliación de
horario y la tolerancia que le da el “plus” a los centros nocturnos hasta las 6
am, con los dolorosos hechos basta para entender lo que se nos haya escapado en
otras circunstancias.
Estos hechos nos obligan a hacer repaso
de las tareas que tenemos por delante autoridad y sociedad. Nos preguntamos si
las autoridades habrán hecho análisis de las fallas repetidas en las que han
incurrido al caer en el uso indebido de la fuerza. Lo dudo sinceramente. Y ello
lleva a la conclusión a la conclusión anticipada de que más temprano que tarde
se pueden repetir esos errores tan costosos socialmente. En este hermoso y
sufrido Culiacán, ¿qué pasará? El Cabildo ya está haciendo maletas para
entregar la administración y el próximo cuerpo de regidores desempacará hasta
el mes de enero. Improbable que la administración presente le entre al problema
y muy seguro que la próxima lo vea como un asunto frío y lejano. Por el bien de
la sociedad, ojalá me equivoque.
Pero hay responsabilidades que la
sociedad debe asumir. El avance del crimen organizado, sus secuelas y la corrupción
oficial están acorralando a la sociedad. Y ésta no puede cruzarse de brazos. De
manera organizada debe exigir control ciudadano de los actos de autoridad,
respeto pleno al Protocolo sobre el uso de la fuerza por las policías y
aplicación de los reglamentos municipales y del estatal sobre el funcionamiento
de los antros y ventas de bebidas alcohólicas.
Es lo menos que podemos hacer en desagravio
de las víctimas que ya cobraron las acciones y
omisiones lamentables de la autoridad. Y nos urge hacerlo para evitar que la
sociedad siga pagando el alto costo en vidas humanas. Vale.