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EL DILUVIO Y LOS DERECHOS HUMANOS

La desigualdad es un producto

de la política gubernamental
Emmanuel Sáez

Y después del diluvio, ¿qué? Manuel (huracán cómplice de la crisis que ya rondaba el territorio nacional), ha dejado a su paso saldos materiales que debemos reconstruir y tragedias de cientos de miles de damnificados que debemos atender. No será una cosa fácil y menos en el marco de una crisis que vuelve a encontrar tropiezos este 2013, como lo manifiesta el más reciente pronóstico del Banco Mundial que ubica el crecimiento de la economía en 1.2% para este año, contra la estimación primera de 3.5%. Más de un millón 200 mil damnificados esperan una respuesta sensata.

Los recursos disponibles para atender la emergencia que resultó de las tormentas Ingrid y Manuel tienen un límite que raya en la tragedia: 12 mil millones de pesos frente a daños calculados en más de 75 mil millones (antes de las cuentas definitivas). Cuando Peña Nieto reconoció en medio del drama que no se contaba con recursos suficientes, observamos a un Estado al que le gana la fatiga y no apuesta a encabezar la gestión de los remedios inmediatos, ni busca los recursos suficientes para una completa reconstrucción nacional.

Es cierto que se ha prometido pellizcar a renglones presupuestales etiquetados para diversos fines, pero habrá que ver hasta dónde se estirarán esos recursos; también se contempla la posibilidad de recurrir a préstamos con instituciones internacionales de crédito. El problema de la reconstrucción es tan grande que no se descarta que en el presupuesto de 2014 se contemple recursos para continuar la reconstrucción.

Con todo, creo que hay una disparidad entre lo que ve y hace la sociedad y las acciones del Estado en sus diferentes niveles. La sociedad no sólo reaccionó en tiempo y forma, lo sigue haciendo para evitar problemas de hambruna en las zonas más críticas y para la recuperación de la vida normal en otras. El Estado en cambio, habiendo declarado la emergencia, no ha obrado en consecuencia. Más allá de la aplicación de algunos recursos (que fluyen muy lento) y de la gestión de otros, no ha entrado en la dinámica de revisar toda su actividad y parar las inversiones de obra pública que no sean imprescindibles en este momento y reorientarlas hacia la reconstrucción.

Muchos ciudadanos empiezan a cuestionar públicamente por qué después de la tormenta se inicia la remodelación del Parquecito que está al pie de La Lomita, ¿por qué no dedicar esos recursos a la reconstrucción? Dicen. Igual opinan sobre los dineros con que se modificará el estadio Ángel Flores, pues son reservas públicas. Como estas pueden entrar en la revisión muchas otras obras, si queremos imprimirle un rostro muy humano a la reconstrucción. Y las reservas internacionales que se amontonan en las bóvedas del Banco de México, que alcanzan ya los 172 mil millones de dólares también deben servir para aliviar la situación de los damnificados, es tiempo de desmitificar ese ahorro nacional que hasta hoy centralmente ha servido para saciar los apetitos de especuladores de nuestra moneda nacional.

En el camino a la reconstrucción nacional hay puntos para una agenda en donde  la política del Estado puede acercarse a los intereses de la ciudadanía y a sus derechos humanos. Anoto algunos: espantar los riesgos de hambruna y epidemias en las zonas más golpeadas por las tormentas Ingrid y Manuel, ofrecer techo a las familias que lo perdieron y su condición social no les permite volver a construir a corto plazo, concretar alternativa de reubicación para asentamientos de alto riesgo, empleos permanentes (los pocos que se ofrecen duran 3 semanas) para las zonas más afectadas por las tormentas tropicales, garantizar que los recursos destinados a reconstruir la planta productiva afectada lleguen en tiempo y forma y suficientes para mantener el nivel de empleos que ya tenían, y poner de nuevo en las manos de los niños los textos y útiles escolares que perdieron en el diluvio de estos aciagos días de septiembre pasado.

Nadie duda sobre la necesidad de la reconstrucción nacional ni la que debemos emprender en Sinaloa, pero sí hay certeza en muchos ciudadanos sobre las limitaciones institucionales para llevar a buen término esa enorme tarea. Hay que cerrarle el paso a la corrupción y a los intereses monopólicos que nunca faltan. Tres elementos pueden ayudar a encaminar el Plan de reconstrucción nacional y estatal: la garantía de una amplia participación ciudadana en su conducción y vigilancia, erradicando toda opacidad en el proceso y si se realiza una evaluación pública de la reconstrucción el próximo 24 de junio de 2014. Vale.