DESASTRES
NATURALES E INSTITUCIONALES
El
más amplio reconocimiento para la masa de jóvenes
que
ofrecieron su fuerza, recursos y tiempo a los damnificados.
Dos pinceladas dibujan el rostro de
Sinaloa al paso de la tormenta Manuel. Una es la masiva, eficaz y pronta acción
de la sociedad civil ante la tragedia que dejaba el ciclón y la otra las graves
debilidades que mostraron las instituciones antes, durante y después de esos
momentos. Los jóvenes no esperaron ninguna llamada desde fuera de su
generación, unos salieron de inmediato de sus casas con la idea de apoyar a las
familias que viven en las zonas críticas, mientras en la calle ya estaban otros
jóvenes con la misma iniciativa. Muchos otros cruzaron mensajes a través de las
redes, para convocarse a las tareas de rescate de personas en alto riesgo de
ser arrastradas por las violentas corrientes de agua desbordada.
Desde los primeros momentos de la
emergencia las debilidades del aparato estatal quedaron al desnudo. Ignoramos que
tanta información alimente su banco de datos sobre los puntos críticos que
marca el atlas de riesgos en el estado de Sinaloa, pero con poca o mucha
información y ante la inminencia de inundaciones, no hizo presencia anticipada
en dichos lugares, exceptuando casos como Yameto en Navolato. Las horas posteriores al paso de Manuel, dejaron
en claro las graves limitaciones y debilidades que el Sistema Estatal de
Protección Civil tiene.
Es cierto que la prioridad del día es
continuar con la atención de las necesidades básicas de los 175 mil
damnificados que nos dejó Manuel, pero hay que dejar el espacio necesario para
el recuento de los errores que hicieron mayor el sufrimiento de nuestros
conciudadanos. Preguntémonos por qué si el Servicio Meteorológico Nacional
envío a tiempo la alerta temprana a la que está obligado, sobre la formación de
dos sistemas de baja presión que podían desembocar en fuertes tormentas, no se
tomaron las precauciones debidas. El sistema de protección civil del estado nos
puede decir que el día 12 de septiembre el fenómeno del pacífico al que se
llamó Manuel estaba a gran distancia de Sinaloa en esa fecha. El menosprecio a
Manuel también vino de la autoridad en el estado de Guerrero. Y ello multiplicó
el dolor de quienes sufrieron los embates de la tormenta tropical.
Allá priorizaron la fiesta de la
independencia. Acá en Sinaloa, a pesar de la dirección errática de Manuel, que
dañó las costas de Michoacán y Colima, y se proyectaba sobre Baja California
Sur y de contar con la información de la cercanía del primer frente frío de la
temporada (lo que podía hacer virar la ruta y la velocidad de la tormenta), el abc que establecen la Ley General de Protección Civil y la
Ley Estatal de Protección Civil no fue atendido. No hay mucho que agregar al
respecto, salvo mencionar que al venirse el mundo de agua, cuando todo se
necesitaba en mil lugares, las fuerzas y recursos disponibles fueron demasiado
pequeñas para el tamaño de la emergencia.
Nada podía disminuir en esas
circunstancias la fuerza con la que se manifestó Manuel, pero sí se podía
mitigar (es el verbo que utilizan las leyes de protección civil citadas) la
crisis que se miraba venir, de atender esa legislación
tardía (2012 una y la otra 2013) que aún no repercute en la manera de pensar,
menos en la forma de actuar de nuestras autoridades. Nada puede disculpar las
omisiones y negligencias acumuladas. Tenemos experiencias en desastres
naturales desde hace muchos años, pero la memoria ha sido omisa, no hemos
legislado ni hemos promovido la cultura de la prevención. ¿El terremoto de 1957
y el ciclón que arrasó con el puerto de Altata en
esas fechas qué enseñanza dejaron? El sismo de 1985 estimuló una cultura de
prevención, pero sobre todo en la ciudad de México.
Luego de las inundaciones terribles en
Tabasco y Chiapas, la comisión de protección civil de
la Cámara de Diputados urgió a crear una ley en la materia en 2011 y a elevar
el presupuesto para la atención de desastres. Se legisló al año siguiente y si
bien se elevó el raquítico presupuesto de 900 millones de pesos a los actuales
12 mil millones, no se tomó en cuenta que los daños por esos eventos para aquel
año ya se estimaban entre 40 y 50 mil millones de pesos. Muy desproporcionados
presupuesto y necesidades. ¿Por qué ese criterio, mientras que para el rescate
de bancos privados en 2011 pagamos 16 mil 664 millones de pesos?
Hay que empujar desde la sociedad civil
la mejor salida que las circunstancias nos permitan para la emergencia que se
vive en al menos 14 estados del país, pero algunas tareas no pueden dejarse
para otros tiempos mientras tanto: el presupuesto de 2014 debe reflejar un
rostro más humano (no puede seguir teniendo mayor prioridad el pago a un puñado
de banqueros que la salud y seguridad de los cientos de miles de compatriotas
que cada año padecen los desastres naturales); hay factores que agudizan las
consecuencias de los desastres naturales (corrupción, complicidad y omisiones)
y los responsables de ellos no pueden quedar en la impunidad como siempre, si
no queremos repetir luego las dolorosas historias prevenibles.
El anunciado Plan de reconstrucción
nacional debe llevarse a cabo en serio, pero no puede tener el perfil de las
inversiones del FONDEN pasadas, donde el principal renglón lo absorben contadas compañías a las que se adjudican las
licitaciones de obras, resultando premiadas por trabajos anteriores cuya
calidad las tormentas tropicales han dejado en duda. La sociedad civil ha dado
una nueva dimensión al concepto de solidaridad frente a un Estado que padece
apoplejía, ojalá también lo logre en materia de organización y participación de
la vida pública. Ojalá.