TRIBUNAL SOCIAL
VI
Sin
justicia la democracia es finita
como
infinito el destino de un desaparecido.
Carlos Varela
Álvarez
Hay heridas que no cicatrizan y dolores
que velan nuestras noches insomnes. La desaparición forzada de personas es un
fenómeno que puede provocar el colapso de la vida ordinaria de familias y de
amigos de las víctimas, aún más, cuando ese delito de lesa humanidad arranca
como política de Estado y se arraiga en algunas regiones o en toda la geografía
del país, enferma la vida social de comunidades enteras. Se convierte en un parteaguas, en un antes y un después en su historia.
La prolongación de esta práctica y otras
formas de represión llevan a obligados silencios de quienes sobreviven a esas
condiciones o a protestas de baja intensidad que no son suficientes para
detener la desaparición de personas. Y cuando se extiende el fenómeno a una
acción frecuente donde civiles y autoridades, sin distinción, lo ejecutan, la
situación alcanza niveles muy lamentables. Vuelve más difícil la denuncia, el
seguimiento, la resistencia y la lucha por la presentación de los
desaparecidos, ese marco de políticas públicas contra la delincuencia
practicadas en los últimos gobiernos y el altísimo grado de impunidad en los
delitos de alto impacto y en las faltas y omisiones que cometen los
funcionarios encargados de investigar y perseguir delitos y delincuentes.
Por eso se hace imprescindible que la
sociedad civil no dé vuelta a la hoja de esta etapa histórica sin juzgar acontecimientos
y responsables. Hay demasiadas razones de peso para justificar que la sociedad
aplique la consigna de ni perdón ni olvido: el costo en personas ausentes
(desaparecidas) es demasiado alto para olvidarlo, la impunidad que priva en el
delito de desaparición forzada sólo ha llevado a recrudecer su nefasta práctica
y, de no poner un valladar a esta tragedia sin fin, los costos sociales tampoco
tendrán límites, por más dolorosos que sean.
Hemos planteado ya la necesidad de un
Tribunal social que juzgue los casos de desaparición
forzada y también hablamos del perfil de dos de las juezas que tendrán a bien
escuchar las acusaciones sobre desaparición forzada y emitir su veredicto al
final. Ahora queremos abordar el perfil de los tres jueces restantes.
Raúl Ramírez Baena, periodista de
combate por vocación y militancia en la Baja California, fue Procurador de
Derechos Humanos (equivalente a la CEDH) en su estado, encabeza la Comisión
Ciudadana de Derechos Humanos del Noroeste y es activista desde hace décadas en
la defensa y promoción de los derechos humanos, lo que le ha ganado un espacio
en el corazón de los sectores sociales más desprotegidos de su entidad.
Moisés Tapia Tapia,
distinguido abogado en la ciudad de Culiacán, maestro en derecho
constitucional, es consejero de la Comisión Estatal de Derechos Humanos de
Sinaloa desde 2003, ha sido consejero y presidente de la Federación de Abogados
de Sinaloa. Es un destacado amparista. Está al frente
de un prestigiado despacho de abogados. La permanente cercanía con las mejores
causas sociales y la honestidad en la defensa del Estado de derecho, son el
perfil que le conocemos.
Gilberto López y Rivas, activista del
movimiento de 1968, doctor en antropología, diputado federal en dos ocasiones,
primer jefe electo de la Delegación de Tlalpan, fue director de la ENAH,
investigador, columnista del periódico La Jornada, asesor del FZLN, profesor de
la UAM, profesor visitante de la Universidad de La Habana, de la Universidad de
San Carlos, Guatemala y del CIMI de Brasilia. Medalla Roque Dalton y miembro de
la CoCoPa (Comisión de Pacificación) y asesor del
gobierno sandinista.
La fecha está muy cerca y los
expedientes y preparativos ya han tomado la forma definitiva. La jornada del
día 30 será histórica por los asuntos que tratará (las desapariciones
forzadas), porque no hay precedentes en la región de un Tribunal de conciencia
y por la calidad del jurado que tendremos. Nadie debe perderse esta jornada.
Vale.