TRIBUNAL SOCIAL
Que
este tribunal evite el crimen del silencio.
Bertrand Russell
La idea ha sido reiterada una y otra vez
desde hace años: necesitamos un Tribunal Social. ¿De dónde nace esa urgencia
imperativa? De la impunidad creciente en los diversos órdenes de la vida
pública y que empequeñece la dignidad de todos los ciudadanos. Como no hay
autoridad capaz de castigar los crímenes que nos ofenden a todos, en especial
cuando se desprenden de políticas de Estado, cuando hay participación de
funcionarios, complicidades, la aquiescencia u omisiones graves que permiten
delitos de lesa humanidad (como las desapariciones forzadas), la ciudadanía
debe hacer algo al respecto.
La sociedad ha visto desde la década de
los setenta del siglo pasado que no hemos dejado de denunciar los casos de
desapariciones forzadas e involuntarias. Lo hicimos junto a la Madres con Hijos
Desaparecidos de aquella época. Ellas, los testigos, las víctimas de
desaparición forzada y los organismos internacionales, insistieron hasta la
saciedad en la responsabilidad en que incurría el Estado mexicano sobre los
casos de desaparición de ese entonces. Se identificó para la época una guerra
sucia de las autoridades contra los jóvenes activistas políticos de oposición,
varios de ellos militantes de grupos guerrilleros. Los instrumentos del Estado
en la represión a esos jóvenes fueron la Dirección Federal de Seguridad, la
llamada Brigada Blanca (integrada por agentes de diversas policías y dirigida
por la DFS), el Ejército y corporaciones policiales locales y federales. Sin
descartar la participación de civiles.
Movilización social y presión de los
organismos internacionales obligaron al Estado a decretar una Ley de Amnistía
en 1978 para la liberación de presos, perseguidos, exiliados y desaparecidos por motivos políticos. En este último renglón
apenas si se atendió parcialmente la Ley y la deuda histórica aún sigue en
espera de saldarse. Pero la impunidad, la desesperante impunidad, abrió las
veredas para que tiempo después otras autoridades y también particulares
regresaran la nefasta práctica de la desaparición forzada.
Por uno y otro comportamiento, al menos
en Sinaloa, podemos identificar tres etapas en las que resalta la práctica de
la desaparición forzada de personas: 1975-79 (desaparición de activistas políticos), 1994-2003 (señalados como
responsables particulares y autoridades) y 2008-2012 (en el marco de la guerra
contra el narcotráfico de Calderón). Suman centenares de personas desaparecidas
en los años señalados. En todos los casos hay un doloroso denominador común:
impunidad. No hay, es la triste realidad, una sola persona que esté siendo
enjuiciado por el delito de desaparición forzada o purgando una sentencia por
el crimen mencionado. Y para el colmo de nuestro desamparo, ¿cómo van a
enjuiciar a alguien por ese crimen, si no hay una ley que haya creado la figura
de la desaparición forzada? Todo ello, a pesar de que desde 38 hace años se
practica ese crimen de lesa humanidad.
Reiteradamente hemos enviado iniciativas
de Ley sobre desaparición forzada ante el Congreso del Estado, sin tener
respuesta concreta ante nuestras iniciativas. La última la llevamos el día 9 de
diciembre de 2011 y ha corrido la misma suerte. ¿Justificará todo ello que
busquemos crear un Tribunal Social?
Aún más, preguntémonos si vale la pena
empeñarse en crear un Tribunal Social, Tribunal Civil o Jurado Popular, si el
veredicto que emane de él no tendrá consecuencias de sanción económica, política
o de privación de la libertad de los responsables por acción u omisión en el
delito de desaparición forzada e involuntaria.
¡Claro que vale pena! La creciente
participación ciudadana en los asuntos públicos se ha convertido en una piedra
en los zapatos de los funcionarios y sus desvelos por la transparencia en una
migraña permanente para los servidores públicos. Un Tribunal Social o Tribunal
de Conciencia, no llevará a la cárcel a funcionarios que participaron en la
desaparición de personas, que fueron cómplices o que toleraron la ejecución de
ese delito, pero su veredicto será una condena moral de los hechos que tanto
ofendieron a nuestra sociedad, será también un señalamiento de los responsables
materiales e intelectuales de la desaparición forzada de personas, y además de
establecer la responsabilidad moral que le corresponde al Estado, exigirá que
se legisle sobre el tema, que se lleven a cabo las investigaciones que amerite
cada caso de desaparición forzada y se haga comparecer a quienes resulten
responsables por el delito de desaparición forzada. Sería otro gran paso, bien
dado, de la participación ciudadana. ¿Le entramos? Vale.