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RETOS POSTELECTORALES

No comprometamos el porvenir; es nuestro.

Anatole France


El proceso electoral recién concluido no se anduvo por las ramas. Aunque las fuerzas políticas que participaron en él pretendieron borrar la dicotomía ideológica no lo lograron: allí está un 54% de abstencionistas que rechazaron el abanico político, sus propuestas, sus candidatos, sus elementos de violencia y los obscuros intereses que se asoman desde el campo del crimen.

Legitimidad es la palabra (concepto) que deja maltrecha (o) el proceso electoral, mientras dibuja un incierto horizonte que no se despejará tan fácilmente aun cuando venga una reforma política que cree las figuras de segunda vuelta (para no tener gobernantes con 18% de votos del total del padrón electoral), la revocación de mandato (para cortar las malas administraciones a la mitad del camino) y refundar una autoridad electoral con credibilidad. Faltarán al menos la apertura de los canales institucionales para recibir las inquietudes y reclamos ciudadanos y darles la atención y salidas adecuadas y el fortalecimiento de los movimientos democráticos.

Si una larga sombra de irregularidades cubre el proceso electoral, donde resaltan acusaciones graves entre candidatos, amenazas contra activistas y hasta homicidios que cobraron vidas de candidatos o parientes muy cercanos, la opción más recomendable no será el dejar las cosas de este tamaño; como tampoco simpatiza que el Consejo Estatal Electoral  termine con sanciones simbólicas a quienes violentaron la ley gravemente, porque esa es la mejor invitación a que sigan sucediendo violaciones a la misma. La Procuraduría General de Justicia del Estado, el CEE y Tribunal Estatal Electoral tienen materia de trabajo que reclama prontitud y lealtad a la ley y al pueblo.

Por la línea política a seguir en el pacto por México, no sería extraño ver que las iniciativas de contrarreforma neoliberales sigan aprobándose en el Congreso (energía y fiscal) y que se combinen represión y cooptación hacia los movimientos y personas de oposición. Un coctel con esta fórmula puede resultar contraproducente en corto plazo. Entre el abstencionismo que deja huellas en críticas extraurnas y que ve con enojo derroches de dinero mientras el desempleo alcanza no el irreal 5.1% del INEGI, sino el 23% que calcula la UNAM y las movilizaciones masivas en nuestras ciudades puede haber poca distancia. No echemos en saco roto lo que acontece en Turquía o Brasil.

Hay dos experiencias en la historia electoral reciente que no es fácil borrar de la memoria colectiva: la derrota del PRI en el 2000 y la derrota del PAN en 2012. Son obra de dos generaciones de electores que siguen vivas en materia política y que de un momento a otro pueden volver por sus fueros.

Pero los tiempos reclaman un movimiento democrático opositor vigoroso, que dé vida y fortaleza a la dicotomía ideológica y política en los procesos electorales y en la lucha cotidiana que da perfil a nuestra nación. Los mejores momentos en justicia económica y social no han sido aquellos donde el Estado y los monopolios han barrido con los derechos laborales, a la salud y a la educación, entre otros; esos instantes fueron los que dieron poder de negociación a los trabajadores frente a los patrones y el Estado.

En las elecciones del 7 de julio los grandes perdedores no fueron los partidos que abanderan los principios de la derecha, son el PRD y el PT que representando la izquierda electoral dejaron a un lado historia y compromisos para suscribir alianzas electorales con el PAN. Y serían perdedores aún ganando la mayoría de las posiciones distritales y municipales que apoyaron, pues no hubo programas ni compromisos que mediaran los acuerdos y en los discursos electorales se perdieron las históricas consignas izquierdistas, como se desvanecieron los colores amarillo y rojo de los pendones y espectaculares que sólo aceptaron el tinte azul. Pero resultaron perdedores por doble partida: por decoloración ideológica y porque casi desaparecen electoralmente.

La historia y la sociedad esperan un cambio de actitud de la izquierda mexicana (incluida la electoral). Hay problemas cuya solución no esperará tiempos muy elásticos: el desempleo, jóvenes sin alternativa, desplazados, familiares víctimas de la violencia, sectores sociales sin vivienda y sin acceso a salud de calidad, campo en crisis, migrantes repatriados en fronteras, entre muchos otros. La esperanza de cambios sociales profundos está en la izquierda. Frente a las tareas de hoy el reto es para toda la izquierda: la que anda de activista en los movimientos sociales y la que ha reducido su accionar a los procesos electorales y la vida burocrática.

Se avecinan tiempos interesantes, que sin exigir la renuncia a ningún tipo de lucha (todas se pueden combinar), sí plantearán con celo la atención a la luchas populares y democráticas. Si las copiosas votaciones de 1988, 2006 y 2012 a favor de un programa democrático fueron la primera llamada para las izquierdas, el abstencionismo histórico de hoy es la segunda llamada (en el teatro de la vida). Para la tercera llamada se prepara una sociedad que cuenta con muchos agravios acumulados en materia económica, social, cultural y ambiental, ¿estaremos a la altura de esta tercera llamada? Vale.