LAS CERTEZAS DE
MI VOTO
Latinoamérica
está de luto: ha partido Laura Bonaparte
fundadora
de Madres de la Plaza de Mayo.
Por el derecho al voto ofrendaron su vida cientos de miles de compatriotas y
por la persistencia de ejercerlo libremente muchos más. En homenaje a ese
sacrificio cívico no puedo dejar de votar este 7 de julio. Formado en un
ambiente familiar de estirpe villista, en un marco escolar crítico y en las
jornadas antimperialistas y democráticas estudiantiles de los años 60’s y 70’s,
mi voto ha sido siempre para la izquierda.
La historia del país, los afanes de la
generación que parió el 68 y la reforma política del 78, demuestran que la
única esperanza de cambios profundos en la vida económica, política, social y
ambiental es la izquierda. He creído junto con muchos de mi generación en esta
verdad y apostamos lo mejor de nuestros años de activistas a conseguir esos
cambios. No sólo apostamos a tomar la calle para exigir mejores salarios,
tierra para los campesinos pobres y lotes para los olvidados de la ciudad,
escuelas para los hijos de desplazados de la violencia, paz y justicia para los
sectores sociales agraviados y respeto a los derechos humanos. Cuando se trató
de ir a la lucha electoral lo hicimos pensando en que la izquierda dibujaría un
horizonte distinto a la mercadotecnia que domina los procesos electorales para
convertirse en una alternativa de gobierno y de cambio. En una esperanza de los
pobres, de las clases medias y de los sectores nacionalistas de la clase
empresarial.
En los últimos años hemos olvidado
visión y misión social como izquierda a pesar de que el pueblo no fue sordo a
las campañas y programas democráticos en 1988, 2006 y 2012. Por encima de
fraudes electorales y campañas del miedo, la voluntad popular está expresada en
las urnas. Pero inexplicablemente cambia el comportamiento de cúpulas y
corrientes que dominan los partidos que se reivindican de izquierda. Y, sin que
medie la gran discusión en las bases y entre la ciudadanía, sin una estrategia
elaborada, sin documentos firmados que garanticen rumbo y cambio para un nuevo
gobierno, se concretan acuerdos con partidos o personajes de la derecha. No
tuvimos que esperar para ver las consecuencias. Baste observar el
comportamiento de los gobernadores de Guerrero y de Sinaloa, ¿qué diablos tiene
que ver su política con el programa mínimo propuesto por la izquierda?
Ni los escandalosos fracasos señalados
han llevado a la reflexión y a recomponer la agenda de la izquierda sobre la
base de las condiciones que imperan hoy: una crisis que amenaza con daños aún
mayores, una desmovilización pasmosa de los trabajadores, una desigualdad
social que excluye a las mayorías de los beneficios del desarrollo y una
ofensiva política de la derecha que amenaza con arrasar el poco patrimonio
nacional que nos queda (Pemex y CFE) y los derechos laborales, educativos y de
salud que hasta con las uñas hemos defendido.
El comportamiento de los últimos años
muestra a una izquierda electoral derrotada ideológicamente
(las alianzas con el PAN y ocasionalmente con el PRI) y la ausencia de puntos
programáticos con vigilancia popular para su cumplimiento, son su mejor prueba.
¿Cómo ir a las campañas electorales y a las urnas "discurseando"
contra las crisis y las injusticias sociales al lado de los responsables de las
mismas?
Tal derrota resulta más ficticia que las
promesas electorales de la derecha si partimos de los ejes programáticos de la
izquierda en Irlanda, en las regiones de Cataluña, Galicia y el País Vasco en España,
en Grecia y en Sudamérica, donde las propuestas coinciden en enfrentar la
crisis, el desempleo y la desigualdad social, proscribiendo la austeridad de
los programas de gobierno y promoviendo la Renta Garantizada de Ciudadanía o la
Renta Básica. Ello implica que los ricos paguen impuestos (más cuanta más
riqueza acumulen) y que no haya un sólo ciudadano (incluido los ricos) que no
perciba un ingreso mínimo (Renta Básica).
Lamentablemente ni la izquierda
sinaloense ni sus aliados panistas hablan de legislar para enfrentar estos
problemas que producen, reproducen y multiplican los esquemas de violencia, marginación y de injusticias que padecemos. Tampoco
lo hacen los priistas (faltaba más). No hay candidatos registrados que
promuevan un programa para resolver los
problemas centrales de la sociedad. En este marco electoral, duele la sentencia
del millonario Warren Buffett: hay lucha de clases y
los ricos estamos ganando.
Pero hay personas con amplia autoridad
moral en nuestra sociedad que representan nuestras aspiraciones
por su honestidad y rectitud. Por eso a la hora de votar pensaré en Marco César
García Salcido, mi maestro de filosofía en la Preparatoria, en Liberato Terán y en doña Margarita Velázquez de Alemán, una
de las sufridas Madres con Hijos Desaparecidos.
En medio de los graves problemas que
vive el país, a la izquierda parece habérsele olvidado que "la democracia
a fin de cuentas es una cuestión de pan" (el de los pobres), como dice
Hamid Alizadeh.
Por todo lo señalado no puedo votar por la derecha. Vale.