POLICIAS Y DESCUBRIDORES DEL AGUA TIBIA
Los marineros que tienen instrumentos meteorológicos
para el buen tiempo
son incapaces de prever las
tormentas
Alejandro Nadal
Declaran
muerto al modelo policial en Sinaloa, dice la prensa local. Pero, ¿quién es el
difunto que marcha en el cortejo fúnebre? ¿Los desatinos cometidos en materia
de seguridad en las últimas cuatro décadas o los artículos 21 y 115
constitucionales?
A las
policías municipales les pasó lo mismo que al ejido: la Constitución les dio un
lugar privilegiado, pero los intereses que dominan en este país se encargaron
de su fracaso. En el acta de desahucio de las corporaciones municipales se
asientan los síntomas: fragmentadas, ineficaces, anémicas, tumores
delincuenciales que brotan por todos lados, corrupción a flor de piel e
infiltración tumultuaria de virus A y B del crimen. Ya hospitalizadas las
corporaciones les vino un estado comatoso (la desconfianza social no puede ser
otra cosa, dicen) y, sin esperar a la mejoría del paciente, se emite el acta de
defunción.
Al ejido no
le fue mejor, cuando se fue Lázaro Cárdenas le negaron créditos, asistencia
técnica, precios redituables y después le vendieron a los coyotes los almacenes
y silos donde se guardaban las cosechas, y también legislaron para privatizar
las tierras ejidales. Con esos amigos en el gobierno, ¿cómo podía sobrevivir la
institución del ejido?
En materia de
seguridad hay que señalar con claridad que han sucedido dos cosas que determinaron la debilidad no sólo del
municipio frente al crimen, sino del Estado mexicano.
Los municipios son el patito feo de la federación,
sólo les llega un 4% de los impuestos que generan sus habitantes. Son la
institución más cercana a los ciudadanos, a la que llegan todos los clamores
populares, pero la más huérfana en recursos para atenderlos. Cuando la
situación de violencia alcanzó niveles preocupantes por allá en los setentas
del siglo pasado, todos exigimos más acción de las policías municipales. Las
autoridades estatales y federales también, pero no soltaron los recursos que
necesitaban aquellas. Las cosas empeoraron, pero el gobierno federal y el
estatal prefirieron crear las llamadas policías preventivas en sus respectivos
ámbitos, con grandes presupuestos por cierto, antes que otorgar los recursos
que urgían en materia de seguridad en los municipios. Hace poco más de una
década se etiquetan recursos para la seguridad municipal, que deben atender a
pie juntillas la visión que se impone desde el gobierno federal, borrando en la
práctica la autonomía del municipio.
Y por capacitación se ha concebido centralmente el
entrenamiento físico de los agentes y elevar el poder de fuego de las
corporaciones, invirtiendo presupuestos insultantes en equipos móviles
blindados, en armas de uso exclusivo de las fuerzas armadas y que nada tienen
que ver en el trabajo preventivo. En la capacitación poco aparece la formación
para mediar entre personas en conflicto, atender con eficacia casos con entorno
de alta presión y la evaluación permanente del trabajo realizado.
Pero hay otra desgracia: las ideas sobre seguridad
nos vienen de fuera. Los Estados Unidos nos han impuesto conceptos y acuerdos.
No podemos llamar de otra manera a la Iniciativa Mérida, que nos ha metido en
un tren de gastos en crecimiento sin fin, donde los únicos felices son las
empresas extranjeras que nos venden los equipos y armas, y quienes median en
las compras desde México.
Los saldos, a pesar de las montañas de dinero
público que se han invertido, son una verdadera tragedia. Baste citar los 70
mil muertos que la violencia cobró en el anterior sexenio, los 20 mil
desaparecidos en ese tiempo, las decenas de miles de huérfanos y viudas, para
darnos una idea del rotundo fracaso de la política de seguridad que ya padece
reumas y alzhaimer.
Precisamente por todo ello, no puedo dejar de
pensar en el comentario que me hace este lunes el doctor Rafael Verdugo, recién
desempacado de Cuba: “allá la policía preventiva no porta
armas, Oscar”. Y le replico que estaba leyendo que Irlanda, a pesar de que su
crisis económica es mayúscula y les ha disparado algunos renglones del delito,
la policía está desarmada. Los irlandeses tienen una justificación, que debiera
ponernos a reflexionar: su An Garda
Sióchána (guardianes de la paz) “ha de imponerse no
por la fuerza de las armas o por su fuerza numérica, sino con su autoridad
moral como servidores del pueblo”, ha dicho Michael Staines,
su primer Comisario.
Y seguimos cometiendo errores sin importar las
consecuencias, me explico: ¿en qué país se
modifican estructuras policiales y de seguridad
establecidas por la Constitución, sin que haya reformas a la Carta Magna que
legitimen y le den sentido a esos cambios. En pocas palabras, ¿es la
Constitución sólo una referencia académica de escuelas primarias o es nuestra
Ley suprema? Porque el artículo 21 sigue
contemplando la responsabilidad de la seguridad en los tres niveles de gobierno
y el 115 continúa facultando al municipio en las tareas de seguridad.
Por eso vuelvo a preguntar, ¿quién es el difunto
que marcha en el cortejo fúnebre luego de declarar muertas a las policías
municipales? ¿Acaso los artículos 21 y 115 Constitucionales? Bien dijo
Shakespeare: el pasado es un prólogo. Lo mal hecho en materia de seguridad en
los últimos 40 años era eso, un prólogo a lo que nos presentan hoy. Vale.