AGENDA SOCIAL Y
PROCESO ELECTORAL
Oligarquías
y multitudes no son, sin embargo,
el férreo destino de
la democracia: sólo son una posibilidad.
Bárbara Spinelli
Tengo miedo a la coyuntura electoral
presente. Los antecedentes inmediatos no son para batir palmas. La
profundización de la crisis que asomó su rostro en 2009, parece volver a
guiñarnos un ojo con la caída del PIB al 0.8% en el primer trimestre del año.
Muchos de nuestros problemas económicos, políticos y sociales no se alejan, se
convierten en pesadilla, mientras las campañas se desarrollan ajenas a esa
realidad.
Eso sucede en tanto doña Corina de la
colonia Emiliano Zapata malbarató su humilde casa para comprar medicinas para
su hijo enfermo, doña Lupita de la colonia Los Pinos sufre un segundo dolor
profundo al saber que el asesino de su hijo anda ya en libertad, muchas
familias de desplazados por la violencia siguen exiliadas en su propio estado porque
sus comunidades no las pueden recibir y centenares de jefes de familia
abandonan los campos pesqueros y zonas rurales en busca de empleo.
En medio de todo ello, el derroche de
las campañas está a la vista de propios y extraños. En menos de 48 horas debió
haberse agotado el presupuesto aprobado por la autoridad electoral, pero el
gasto sigue sin que haya un alto, menos una sanción de parte de esa autoridad.
El otro gran problema es la agenda (los temas que se tocan) de los candidatos.
¿Por qué los problemas de la pobreza y la desigualdad social no son la columna
vertebral del discurso electoral? ¿Por qué el empleo y el ingreso de los pobres
no entran en la agenda de los risueños candidatos? ¿Por qué no hay una crítica
a fondo a los programas de seguridad y sin recato alguno se promete más de lo
mismo? A pesar del manifiesto fracaso en la materia.
Las crisis son escuelas de aprendizaje,
dicen los entendidos, pero nosotros no las hemos asimilado así. ¿Será porque la
crisis actual no se circunscribe a lo económico y trastoca todos nuestros
valores? Y esta crisis nos ha dado cada sorpresa, sobre todo en campañas
electorales. Se forman coaliciones partidarias, inconcebibles no hace mucho
tiempo, cuando el movimiento social exigía mayor coherencia entre discurso y
acción (sobre todo a la izquierda) y las promesas imposibles de cumplir no se
han hecho esperar. No hay límites al
discurso, ni instituciones, ni pueblo que sancione el incumplimiento. ¿Dónde
está la figura de revocación de mandato para aplicarlo a quienes incumplen
promesas de campaña? No existe.
El problema es cuando las crisis
entierran los principios que le dan cimiento a la convivencia
social y política. Los límites de lo que se promete por los candidatos traspasa
las fronteras del engaño y si no hay mecanismos efectivos que paren a merolicos
(revocación de mandato) ni una sociedad que pueda escapar del daltonismo al que
nos han metido los políticos (mezcla de colores en coaliciones partidarias que
han olvidado principios), no sé qué vaya a pasar.
Italia, a pesar de su tradición
electoral democrática sucumbió desde hace algunos años a la seducción no sólo
de los grupos de derecha, sino de las pandillas de aventureros menos comprometidos
socialmente de esa derecha. ¿No es Silvio Berlusconi una expresión clara de
ello? Y, esa tragedia se ha vuelto imparable: en las elecciones recientes el
Partido Cinco Estrellas, creado por el payaso de profesión Beppe
Grillo (aventurero de esa derecha) ganó el 40% de los escaños del parlamento,
desplazando a la izquierda y a Berlusconi. Si la crisis italiana no miraba
orilla, ahora su problema es que tampoco encuentra el fondo. El desempleo
general hasta abril de este año es del 12% y el de los jóvenes menores de 25
años el del 40.5%. En tanto los Beppe Grillo y
Berlusconi ni se tibian por esos problemas.
Tengo miedo de que nuestra situación
marche hacia un terreno de ese tipo. Siento orfandad de partidos con verdadero
compromiso hacia el pueblo. Y confieso que me duele que la izquierda esté
dejando de cumplir el papel para el cual está llamada siempre, sobre todo en
tiempos de crisis: ser la esperanza de una sociedad que aspira a la democracia
y al desarrollo compartido con los más pobres.
No debe importar hoy cuántos espacios se
logran en las raras coaliciones que se forman, sino el planteamiento de un
programa que se identifique con los problemas más sentidos de la sociedad y que busque aglutinar fuerzas para luchas por
la solución de ellos. También es tiempo ya de ver a nuestros intelectuales y
activistas sociales decir algo sobre el tema. El referente para la agenda
electoral deben ser las necesidades e inquietudes populares, no el interés y
gusto de los candidatos o grupos político-económicos que los respaldan. Vale.