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INDICIOS SOCIALES PREOCUPANTES

La austeridad no es más que el código para la transferencia

 de poder y riqueza cada vez a menos manos.

Malcolm Sawyer

A fuerza de vivir las injusticias hay quienes terminan aceptándolas como nuestra normalidad. Nada más ajeno a los intereses de la sociedad, pues aceptarlo y –peor aún- resignarse a ello es el más flaco servicio que podemos prestar a las generaciones futuras. Lo digo porque las medidas de austeridad y las contrarreformas en materia económica, política, social y ambiental que se han impuesto al país desde hace tres décadas, borraron de nuestro horizonte (aunque no del discurso de políticos), frases como la igualdad de oportunidades, educación para todos los niños y jóvenes o cobertura universal en material de salud.

Hay grietas en las estructuras del sistema en que vivimos por donde se asoman algunos indicios de conflicto social, que deben prender los focos preventivos si no queremos lamentar un reclamo violento ante el descuido y la desatención de los sectores más vulnerables de la sociedad y de los problemas que hoy llaman la atención.

Anoto algunos de esos indicios: niños malabaristas en los semáforos a la hora en que debieran estar en la escuela o vendiendo mercancías a las 8 o 9 de la noche, cuando nuestros hijos y nietos descansan para ir temprano al siguiente día a la escuela. No es que antes nos hayan pasado desapercibidos, es que el número ahora es mayor.

Adultos mayores malabaristas o pidiendo limosna en los cruceros. Sin faltar los que aún buscan ganarse el pan empujando un carrito de paletas o nieve. Pareciera que los programas diseñados para su atención ni tangencialmente los tocan.

Jornadas laborales que rebasan las 16 horas en algunos empaques del opulento Valle de Culiacán, sin que ello inquiete a las buenas conciencias de nuestro medio o lleve a las autoridades  a parar radicalmente una infamia como esa.

Desatención a más de 141 mil personas que viven en extrema pobreza en Sinaloa, a las que hay que sumar las desplazadas por la violencia, sobre todo las de menos recursos económicos y a quienes las sequías y heladas han golpeado severamente, sin olvidar a los repatriados que estaban trabajando en Estados Unidos.

La trata de mujeres, de niñas y niños con fines de explotación sexual es un asunto que se estrella contra demasiados intereses. Es claro que este delito no puede florecer si no hay quienes desde las estructuras del poder cierran un ojo o los dos, frente a los hechos. La corrupción es la autopista sobre la que se deslizan, sin aduanas o vigilancia, delitos menores y mayores.

Algo preocupante debe estar pasando, porque en la ciudad de Culiacán no pocos ciudadanos comentan que mientras comían en algún restaurante sufrieron de un asalto a mano armada.

Por si todo ello fuera poco la economía del estado y la del país no repuntan. Lo que dificulta –no imposibilita- encontrar las soluciones a los problemas señalados. Lo que sí agrava la situación planteada y cierra puertas para buscar soluciones, es que con las contrarreformas que recientemente se han aprobado –y algunas que vienen en camino- el Estado renuncia a mantener en sus manos el control de la economía, dejando en los intereses de los monopolios más poderosos nuestro destino.

Y para que se cierre el círculo de esta situación de la que no podemos estar orgullosos, los medios de comunicación dominantes lejos de mantener su trabajo de información respetuosos de los valores y aspiraciones culturales de la sociedad, denigran la dignidad humana de quienes desfilan voluntaria o involuntariamente por la página roja. Y han hecho toda una empresa de ello al abrir sucursales (periódicos menores) donde el manejo de la noticia es una abierta ofensa para las familias de quienes son víctimas de la violencia.

Si a lo que aspiramos es a la cohesión social para enfrentar con posibilidades de éxito nuestras dificultades, al menos hay tres cosas que nos limitan seriamente: la orfandad social en la que estamos recibiendo los golpes, medios de comunicación cuyo motor es sólo la ganancia sin ningún compromiso social y una autoridad que abdica de las responsabilidades constitucionales que lo obligaban a llevar la rectoría del país. No es recomendable seguir viendo pasar estos indicios sin que hagamos algo para detener el deterioro de la vida económica, social y cultural de amplios sectores de la sociedad. Ojalá haya quien prenda esos focos rojos enfrente de quienes gobiernan y que los encienda acompañados de mucho ruido para que la información sea contundente. Ojalá.