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JORNADAS Y TOMATE AMARGOS

Hace tiempo que en el mundo occidental, ni los tomates tienen sabor,

ni los programas electorales se cumplen, ni los medios dicen la verdad.

Juan Carlos Monedero

No sabemos si las autoridades del trabajo han tomado nota, pero en algunos empaques hortícolas las jornadas rebasan las 16 horas diarias. Es fin de temporada y muchos de los jornaleros que vinieron desde Oaxaca, Guerrero y otras entidades del sur ya fueron desocupados. Les dijeron que ya no hay trabajo, que ya no los ocupan y los regresaron. Pero una parte de los trabajadores sigue cortando hortaliza y empacando.

¿Qué está pasando en el Valle de Culiacán? La semana pasada recibimos la visita de la organización Tlalchinollan, que tiene su sede en Tlapa, Guerrero, precisamente el corazón de donde parten los jornaleros de La Montaña guerrerense hacia los campos de Sinaloa. Fue una visita de inspección para confirmar si el trabajo infantil está declinando sensiblemente o se mantiene en los niveles de los años anteriores, para ver la situación de seguridad social, de vivienda y condiciones de trabajo de los jornaleros indígenas adultos.

La falta de recursos económicos le metió prisa a su visita y no pudieron hacer presencia en varios de los campos hortícolas, pero habiendo registrado los cambios en la contratación de algunas empresas (que no aceptan trasladar a Sinaloa a los menores que van a la escuela), saben que la agenda principal que enmarca la relación patrón-jornaleros agrícolas sigue pendiente.

Testigos de primera mano nos han informado que la actividad en algunos campos sigue boyante, pero que con el 50 por ciento o menos de la población trabajadora se atiende un volumen de trabajo casi tan grande como el de la temporada regular. Lo que obliga a alargar la jornada de trabajo irremediablemente. Nos dicen que muchas de las mujeres  empacadoras manifiestan abiertamente su descontento, pues a veces –es la queja central- salen a las tres de la mañana y las llaman a las ocho a reincorporarse al trabajo. Y en esas condiciones de desgaste físico reinician su jornada de trabajo.

Muchas de esas trabajadoras son madres y sus hijos van a las aulas de esos campos. ¿Cómo la estarán haciendo para atender las necesidades de alimento, ropa y cuidado de los hijos? No lo sabemos, pero a través de los testimonio hemos registrado que como parte de los festejos del Día del Niño, los maestros organizaron desfiles que recorrieron los recovecos de los campos. Las madres trabajadoras –como lo hacen nuestras madres en la ciudad- querían participar de la alegría y del evento multicolor de los niños. No pudieron acompañar a sus retoños. Ellas están allí para trabajar y las distracciones cuestan dinero a los inversionistas. Nos cuentan que cuando pasó el desfile frente al empaque de una de esas empresas, el único consuelo que tuvieron esas madres fue asomarse, por encima de una barda y a través de una malla, asomarse un breve instante para observar con orgullo contenido a sus hijos que marchaban saludando sin poder ver a sus progenitoras.

Sin querer pasar a pie juntillas los testimonios que hemos recibido, dos cosas deben llamar la atención de las autoridades del trabajo (federales y locales) y de la Secretaría de Educación Pública y Cultura: las inhumanas jornadas de trabajo y el proceso educativo en esas aulas donde la actividad escolar no puede contar con la colaboración de los padres de familia (por las razones expuestas), agravado dicho proceso por la cortedad del ciclo escolar y la escasez de recursos. A menos que piensen que las reformas laboral y educativa ven esas infamias como parte de la “normalidad” de nuestro futuro.

Saber de la existencia de problemas como los señalados, así no sean en toda la magnitud aquí descrita debe ser suficiente para que los organismos de la sociedad civil y los ciudadanos de pensamiento libre, exijan de la autoridad una atención especial a estos centros de trabajo y de educación. Una situación como la descrita (aun con datos menos extremos) no es compatible con un Estado de derecho democrático, como nos define la Constitución local; tampoco es compatible con la justicia social y nuestra cultura. No es hora del silencio. Vale.