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Monteverde de Villa, ecologista

El medio ambiente ha compartido

el destino de aquellos que viven en él.

Noam Chomsky

Tres ceibas serían arrancadas del patio de la Escuela Francisco Villa el domingo pasado. La gente del pueblo de Monteverde se opuso. Ellas continuarán en su sitio por decisión popular. El director de la Institución educativa tomó una medida equivocada. ¿Qué historias y qué embrujos guardan esas tres ceibas quincuagenarias?

Una tarde de primavera de 1959 llegó Leticia Machado de Osuna, la entrañable maestra del pueblo, con esas plantas para sembrarlas en la parte sur de la vieja escuela. Motivó a sus alumnos para que participaran en la siembra y en el mantenimiento. Nos dijo que era un árbol sagrado, que las culturas indígenas de México y de Sudamérica lo consideran el árbol de la vida. Todas las generaciones que pasamos por esa escuela, desde entonces, participamos del cuidado de las ceibas y, no pocas veces, del maltrato involuntario de la que fue plantada más al poniente, durante nuestros juegos del recreo. Por eso es la chaparrita del trío.

Y a temprana edad esas ceibas conocieron de política. Un día en que el granizo cayó a puños y nos obligó a buscar refugio, el licenciado Amado Estrada, presidente municipal de Culiacán, llegó a inaugurar dos nuevas aulas y con la idea de cambiarle de nombre a la escuela. Ya tenían una placa lista para ello y el nombre del escritor de Yahualica Jaime Torres Bodet. Fue imposible retirar el nombre de Pancho Villa a la escuela e imponer el del Secretario de Educación Pública. Había aún en los alrededores algunos veteranos  y testigos de la Revolución como don Aparicio León, don Jesús Imperial, don Mercedes Beltrán y don Atanacio Loza. En el acto al pie de las ceibas don Atanacio preguntó cuánto le habían costado al municipio las dos aulas. Amado Estrada dijo que tres mil pesos. El viejo villista depositó esa cantidad sobre la mesa del evento, diciendo ─ Yo pongo ese dinero, pero que no se cambie el nombre a la escuela─. El presidente optó por la conciliación, y, desde entonces, también el pueblo tiene apellido: Monteverde de Villa.

Quienes jugamos al pie de esas ceibas y dirimimos (a golpes cuando las palabras no alcanzaban) no pocos conflictos entre los compañeros de aula, nunca nos imaginamos que para los mayas el universo se estructuraba en tres planos y que encontraban en Yaaxché (la ceiba) el punto de comunicación.

Enfrentarse a la posibilidad de perder las emblemáticas ceibas movilizó a mis paisanos de Monteverde, que muy temprano en domingo me dieron la triste noticia. La generación que sembró esas plantas afrodisiacas, como las nombra Carlos Fuentes en Los años con Laura Díaz y las que crecieron a la sombra de esas Yaaxché, sintieron que perdían parte de su ser, de la historia del pueblo y un referente obligado al hablar de la escuela. Y ello caló en la decisión final que tomara el director de la escuela. Las ceibas ya no se van, se quedan. No son simple paisaje en el patio de la Institución donde aprendimos las primeras letras, ahora sabemos que simbolizan los altos valores de un pueblo que se identifica con su medio ambiente y hace de esas ceibas, como del centenario Capulón que está frente a la Noriona, el punto de confluencia de sentimientos y querencias.

Hay orgullos que se portan con mucha honra y uno de los míos es el origen en esas tierras donde el guamúchil, la bebelama y el arrayán encontraron vegas y quebradas para vivir. Ahora agrego uno nuevo, la identificación mostrada por sus habitantes con las ceibas de la escuela, y, en el fondo, el renacimiento de una cultura prehispánica que ve en la naturaleza a la madre de todo lo que tiene vida, empezando por nosotros.

No deseo tampoco echar abajo 25 años de trabajo del Director de la Escuela Francisco Villa, los reconozco, pero ahora también sabrá que lo que ha enseñado durante ese tiempo, de alguna manera cobra vida en una acción tan concreta como salvar unas Yaaxché tan queridas. Que sea una lección para todos. Vale.